el niño de polvo
josé manuel camín
Desde la altura el paisaje es gris. En las colinas el viento agita
los ásperos matojos de tomillo, levantando remolinos de polvo
blanco. En el terrible silencio sólo se escucha el grito del
viento. El viento estrellándose contra la roca, la madera, el
cristal. Aullando como un demonio por el interior de los tubos de aluminio,
azotando con fuerza las vallas de malla metálica.
Más abajo, donde la pendiente de la colina se transforma en
barranco, donde el cuarzo duro, blanco y brillante surge de la tierra
como los huesos de un gigantesco cadáver, hay una zanja. Dentro
de la zanja se oculta el Niño de Polvo.
El Niño de Polvo observa desde abajo, escucha el grito del viento.
Se oculta con sus enormes ojos negros, su pelo negro y su rostro blanco.
Desde la altura no puedo verlo; pero lo imagino allá abajo,
su cuerpecillo escuálido y pálido en postura fetal, agazapado
en la zanja, observando, esperando.
Conozco el sendero de grava que desciende hasta la zanja. Sé los
pasos que tengo que dar para llegar hasta allí. Quiero preguntarle
al Niño de Polvo qué es lo que espera, qué es
lo que observa desde su escondite; pero me horroriza lo que pueda responderme.
Así que, con los ojos entrecerrados, con la boca llena de tierra,
con las piernas temblorosas, doy media vuelta y el viento grita cada
vez más fuerte, metiéndose en mis pulmones, metiéndose
en mis oídos. Y allá abajo el niño se queda solo,
observando con sus enormes ojos negros y una palabra esperando a salir
de su boca. Esa palabra que no quiero oír.